martes, 10 de julio de 2012
La vida en una tarjeta
miércoles, 6 de abril de 2011
Álbum de fotos
lunes, 4 de abril de 2011
Yo también quise ser K
martes, 8 de marzo de 2011
OTAN NO. BASES FUERA.

Sobre el escenario un atril, tras el atril un hombre. Un hombre que habla. Sujeto al fondo del escenario ondula un cartel, como una pancarta. Grande, extensa, con emblemas de las organizaciones convocantes y el hongo siniestro de la bomba y el lema. El lema que llevamos coreando las últimas semanas y que repetimos a la menor oportunidad. Como un mantra, como una letanía: OTAN NO. BASES FUERA. Leer más.
lunes, 28 de febrero de 2011
Diario intermitente 28-2-2011

domingo, 20 de febrero de 2011
Nocturno y Sintra II
La niebla, las nubes bajas, los vahos de la noche. Arriba, entre la negra espesura, la quinta, débilmente iluminada, aparece y desaparece. Su porte aristocrático emergiendo de la bruma a intervalos irregulares, las agujas de su techumbre perforando las masas gaseosas. Abajo las calles, como superpuestas. Cintas empedradas custodiadas por construcciones a dos aguas, de tejados impolutos, restaurados. Trazos curvilíneos fosforescentes de humedad al resplandor de las luminarias adosadas a las paredes de las casas.
Una reducida terraza con una mesa y dos sillones de hierro. Dos personas, que somos tú y yo, que fuman y contemplan y conversan en voz baja. “Precio del día. Habitación doble. Vistas al valle”, había dicho el recepcionista del hotel. Y el silencio. Un silencio oscuro, de brisa entre los árboles, el chal sobre tus hombros, de rumores nocturnos, allá lejos pero ahí, enfrente. Y la sensación panorámica. La impresión de presenciar una representación que no es más que un decorado estático. Como si el bosque y las calles y las casas y la quinta, allá arriba, no tuvieran más misión que estar, más finalidad que formar parte de una composición diseñada y orquestada para que dos observadores nocturnos pudieran admirarla desde la terraza de una habitación de hotel.
Es tarde, tal vez muy tarde. Tarde para los ruidos del devenir cotidiano, para el trasiego humano extendiéndose como una plaga, invadiendo los últimos espacios de intimidad con sus ronroneos mecánicos, con sus chirridos electrónicos, con la mezcolanza vociferante de sus conversaciones. Hace rato ya de las últimas pisadas sobre las piedras de la calle, allí abajo, y de una llave que gira en su cerradura y del crujir de una puerta que se cierra. Ahora los hombres y las mujeres duermen, o se revuelven insomnes en sus camas. O se aman, ignorando la presencia de dos seres sentados sobre las almohadillas de sus sillones de forja que fuman despacio y pasean sus miradas por los muros que los protegen.
Tan sólo queda una luz. Una ventana iluminada en la fachada de una casa alta, justo en el nivel inferior al nuestro. Un halo amarillento que se filtra a través de una transparencia de cortinas que sugiere un espacio con siluetas de muebles y cuadros en las paredes. Alguien que lee, o escribe, o escucha música en la quietud de la noche. ¿Por qué nos negamos a imaginarnos a un hombre, en pijama y repantigado en un sofá, que mira con desgana un programa de televisión? Porque no. Porque no puede ser. Al menos no allí. Con el bosque en penumbra y las calles recoletas serpeando en la ladera y la quinta, allá arriba, entre la niebla. El hombre, no sabemos porqué hemos decidido que sea un hombre, está haciendo algo. Algo que tiene que ver con el arte, con la historia, con la cultura. Algo que tiene que estar necesariamente en consonancia con el resto del decorado. Pienso que, a lo mejor, no hace nada, que simplemente es el guardián. El encargado de que la representación nocturna a la que asistimos siga su curso. Puede que hasta más que eso. Puede que sea quien la dibuja, quien dispone el ritmo y la cadencia, quien distribuye el espesor de la niebla, el fulgor de la luna, el frescor de la brisa. Y lo llamo el arquitecto. Y lo veo ante su mesa de dibujo, bosquejando la ubicación de cada elemento de la composición, trazando líneas de fuga, pendiente de un panel de mando lleno tiradores y manivelas con las que corrige las variaciones no deseadas del gran mecanismo.
De repente, o poco a poco, no sabríamos precisarlo, el disco de la luna se asoma en medio de un claro e ilumina la quinta que refulge con la cuadrícula vidriada de sus largos ventanales, con la lisa blancura de sus revoques, con el brillo del rocío resbalando por las pendientes de sus cubiertas. Y nos quedamos absortos, como si todo lo visto hasta ahora sólo hubiera sido el preámbulo de aquel momento, un largo ejercicio preparatorio en el que cada integrante de la representación hubiera ido buscando su marca, el lugar exacto que habría de ocupar cuando el milagro de la luz se manifestase en toda su extensión.
Pero todo pasa, y pasa pronto. Y un cúmulo de nubes, o de niebla, o de vahos de la noche, vuelve a velar la luna. Y la luz se apaga, o se atenúa. Y la quinta vuelve a su penumbra. Al bajar la mirada, la ventana del arquitecto ya no luce. Sin asombro, pienso que todo está concluido. Que lo que queda por ver sólo es una repetición de lo mismo, una proyección continua del mismo movimiento que alguien, el arquitecto, ha dejado programada hasta que el sol salga mañana por encima de las montañas.
Así que nos miramos con las manos entrelazadas, y acercamos los rostros, y nos besamos. Luego, fumamos el último cigarrillo y, sin ruido, como intentando no romper un frágil equilibrio, volvemos a entrar en la habitación. Y apagamos la última luz que queda encendida en Sintra.
domingo, 13 de febrero de 2011
Espichel

La carretera serpea. Su rastro de ofidio va dejando a ambos lados pequeños núcleos de casas, racimos de construcciones donde vive gente. Paradas oxidadas con marquesinas contra la lluvia, ajadas furgonetas de reparto. Vida humana expandida, colonizando la tierra hasta sus mismos límites. Y una sensación de anticipación que no llega a consumarse, como un hilo de Ariadna que jugara a desenredarse eternamente. “¿Cuánto crees que quedará?” “No lo sé, pero ya no puede faltar mucho”. Y así, una y otra vez. Interminablemente.
Y de pronto, los árboles se hacen escasos y luego desaparecen, porque ya no tienen razón de ser. Y la carretera se pierde en una explanada de tierra con coches estacionados, peregrinos más madrugadores, buscadores encorvados bajo el peso de las cámaras de fotos. Pero no hay muchos, sólo los inevitables.
Bajamos y el suelo cruje. Porque aquí el suelo es de concha. Miles, millones de conchas trituradas que tapizan las veredas y se amontonan junto a los matojos. Conchas ofrecidas al público en un tenderete. Fantásticas concavidades calcáreas construidas por seres más antiguos que el propio hombre, puestas a la venta, reclamo de turistas. Y una furgoneta con las traseras abiertas, donde se venden refrescos y café y dulces. Y una sombrilla roja, de Coca- Cola, con su mesa y sus sillones de plástico a juego. Todos vacíos.
Y al fondo la iglesia, una iglesia grande, desproporcionada, que se recorta contra el cielo. Dos torres, una fachada descascarada y una enorme puerta añosa, cerrada a cal y canto. Y a sus flancos dos filas de construcciones porticadas, de un blanco sucio, que le dan al conjunto un aire de película mejicana llena de sol y de abandono. Santuario de Nossa Senhora do Cabo, dice el letrero.
Obviamos a Nossa Senhora y seguimos camino. Apenas un mísero sendero que conduce a la nada. Y descubrimos que la nada no es blanca, ni negra, ni transparente. La nada es azul. Azul cielo y azul mar. Apenas separados por un remedo de línea horizontal a la que, por costumbre, llamamos horizonte. Una nada que sólo rompe un receptáculo cuadrado, un prisma cubierto por una cúpula de imposible aspecto oriental, rodeado por un murete de piedra que se asoma al abismo, sobre el que una mujer sentada intenta leer algo en un libro mientras que con la otra mano se sujeta la pamela. Otra capilla, pienso, pero esta vez ni siquiera nos acercamos a leer el letrero, atraídos por un poder más grande que el de los valedores sobrenaturales. El poder del borde, la atracción del abismo. La seducción de verse envuelto en el dramático enfrentamiento de fuerzas inmensas. La luz del sol reflejada en el cristal de las aguas y en el ocre blanquecino de la tierra. La potencia del mar deshaciéndose en espumas allá abajo. La solidez agresiva de la roca encarándose al embate de las olas. La fuerza del viento zarandeando inmisericorde a cuanto ose despegarse del suelo. Y la tentación de la gravedad, el deseo irracional de hacerse juguete de los elementos, y dejarse caer, y despeñarse.
Quizá por eso nos abrazamos. Tal vez porque, de alguna manera inconsciente, supimos que sólo éramos dos seres humanos sumidos en el vórtice de la confrontación eterna. Y allí, cobijados el uno en el otro, permanecimos por un tiempo que después nunca fuimos capaces de cuantificar. Hasta que por obra de un acuerdo tácito, o simplemente porque percibimos el sonido de otras voces acercándose, dimos la vuelta, dejando a nuestras espaldas el fin del mundo, el finis terrae de los antiguos. Y así, entrelazados y todavía absortos, emprendimos el camino de regreso. Agradecidos del calor mutuo, de la acogedora sensación de disponer de otro cuerpo al que aferrarse.
Y sintiéndonos infinitamente más pequeños.
sábado, 5 de febrero de 2011
Nocturno y Sintra I

Es verano. Es de noche. Y es una calle imposible, casi enroscada sobre sí misma, que asciende y asciende frenética, sin objetivo aparente. Como todo aquí. Y el aquí es una villa hija del capricho y la presunción, hermana del desvarío. Un universo aparte creado a la mayor gloria de la soberbia humana. Es la villa de Sintra y es Portugal.
Habíamos cenado, ella y yo, en la terraza de un restaurante. Copas altas, brillos y volutas decimonónicas, manteles blancos. Frente a nosotros una plaza que es un cruce de caminos, con un palacio al frente que ahora es otra cosa, y casas con bajos que ahora son tiendas y que siguen abiertas, para turistas. Y el fresco de la noche y la calidez del vino. Y las ganas de seguir disfrutando del lugar de cuento. “¿Una copa? Después, mejor un paseo”. La luna, alta, blanquecina. Los faroles, amarillentos, con su caperuza de hierro. Y la calle que sigue trepando, como queriéndose encaramar a la pared de piedra, caracoleando para tomar fuerzas, estirándose de nuevo, siempre hacia arriba.
Al principio, las puertas semihundidas están iluminadas. Locales con ruido y música y gente que celebra o discute, o mira a otros que celebran o discuten. Una pastelería que tampoco cierra, para turistas. Más tiendas. Luego ya no. Luego puertas cerradas y el resplandor amarillento de los faroles.
A los pocos pasos, en la siguiente revuelta, un bulto. Sobre un escalón ancho, en un recoveco oscuro. Un bulto que gime, que lanza aullidos rítmicos y anhelantes, que yace cubierto por lo que aparenta ser un trapo o un trozo de manta. Imposible discernirlo, ni identificarlo si no te acercas. La inmediata: dar la vuelta. Eres un turista y el dolor, venga de donde venga, sea de quien sea, no está incluido en el programa. El dolor, filtrándose a través de una vieja manta sanguinolenta, los ojos se han acostumbrado a la penumbra y ahora distinguen mejor, no sirve de recuerdo, no se fotografía, no se narra en casa de los amigos con copas y cigarrillos encendidos. El dolor, bien lo saben los mandatarios, espanta el turismo.
Sin embargo, los lamentos persisten, han perdido la condición de alaridos y ahora son más tenues... pero persisten. El cuerpo, sólo puede ser eso, respira bajo la manta, jadea sin fuerzas para debatirse. Y está ahí. A unos pocos metros. Y entre el cuerpo y yo no hay nada. Sólo sufrimiento y miedo, agonía y prudencia. Me acerco un poco, nos acercamos, ella conmigo. Lo hago, aunque no me lo confiese, para descartar la sospecha de que aquello sea humano. Que el brillo de los ojos que empiezan a vislumbrarse no sea el de las pupilas desesperadas de alguien nacido de una mujer, de un congénere, de alguien que podía ser yo, o peor, de un yo que podía ser él.
“Es un perro”, dice en portugués una voz arriba, a nuestra espalda. Una voz que tiene un cuerpo y unos brazos apoyados en el alfeizar de una ventana de una casa irreal salida de alguna leyenda austriaca, como todas las de Sintra. “Un coche lo atropelló, al pobre, y los muchachos de la tienda le pusieron la manta y ahora lo van a llevar al veterinario”, dice, o creo entender que dice. Y debe ser verdad porque, como actores de teatro esperando su señal de entrada, dos hombres jóvenes salen de un local cerrado y una furgoneta estrecha sube la cuesta y para.
Al cargarlo, el perro, que ya es un perro, chilla y se retuerce. Entonces doy un paso, como para ayudar. Pero no hace falta, sé que no hace falta. La furgoneta arranca con tres personas y un perro medio muerto, y sobre la acera sólo queda un charco oscuro y un hilo líquido que resbala y que no quiero mirar. Eso, y el rastro inenarrable del dolor desnudo, en la noche, bajo el reflejo apagado de los faroles. Un rastro que no se va, o se va pero también se queda, conmigo. Conmigo, que bajo la cuesta de vuelta a la luz, a la plaza, a los locales iluminados y las tiendas ya cerradas.
Y ya no habrá copa.
Sólo quiero volver al hotel con ella y cobijarme en sus brazos.
lunes, 17 de enero de 2011
Cipriano y los años mozos

Al contrario de lo que suele ocurrirle a los hombres maduros, y Cipriano ciertamente lo es, rara vez se le escuchará lamentarse por el tiempo perdido ni recurrir, antes o después del obligado suspiro, a frases tales como: “aquellos sí que eran buenos años, quién los pillara ahora”. Tampoco es dado a fantasear con las fuerzas juveniles que aún le quedan ni a relatar proezas realizadas al amparo de la inconsciencia que supuestamente autorizan los pocos años. No, decididamente Cipriano no es de esos. En este tema, como en otros muchos, prefiere andar a solas por caminos menos hollados que discurrir por donde acostumbra a hacerlo la mayoría. Y no por esnobismo o por ganas de llevar la contraria, sino simplemente porque la experiencia ya se ha encargado de enseñarle que de nada sirve esforzarse por hacer real lo que no lo es.
Por el contrario, cuando Cipriano mira hacia atrás a los tampoco tan lejanos años de su adolescencia y primera juventud, lo más que vislumbra es un extenso páramo de silencios, inseguridades e impotencias. Un tiempo lento, empleado básicamente en desear que concluyera cuanto antes, con la esperanza, no muy fundada, de que fuera lo que fuese lo que le estaba sucediendo, al final acabara desembocando en un estado en el que fuera posible sentirse dueño de sí mismo, libre al fin para tomar sus propias decisiones, sin necesidad de estar afirmándose continuamente ante una realidad que no le pertenecía ni viéndose de continuo arrastrado por fuerzas internas o externas pero, en cualquier caso, imposibles de controlar.
Pongamos un ejemplo: el primer amor. Allí donde casi todo el mundo encuentra un espacio de solaz y bellas ensoñaciones, Cipriano sólo recuerda un rosario de esperas infructuosas a la puerta de un colegio (la elegida de su corazón, además de esquiva, era algo torpe y ya había repetido más de un curso), desplantes e intentos de aproximación nunca coronados por el éxito. De poco le consuela el hecho, por otra parte más bien irónico aunque cierto, de que la altiva criatura de sus desvelos viniera a ofrecérsele un par de años después cuando sus hormonas ya le llevaban al galope tras otra beldad, bien es verdad que no con mejores resultados prácticos. O sea, que de despertar sexual, como cualquiera, pero de miradas tiernas, lánguidos besos y escenas románticas al atardecer, nada de nada, al menos no entonces, que cuando la cosa llegó, que también llegó, Cipriano ya había trotado mucho por esos mundos que dicen de dios.
Y qué decir de la primera fiesta, ese universo iniciático y transgresor que por aquel entonces consistía en una reunión nocturna, por lo general temática, donde entre música de tocadiscos o radio-cassette, mucho humo, luces deliberadamente disminuidas y bebidas alcohólicas de bajo precio y menos calidad, un grupo de saludables jóvenes de ambos sexos se entregaban al baile, a los roces subrepticios de carnosidades ajenas y a los primeros escarceos y embriagueces. La que recuerda Cipriano era de “elegantes”, así que ayudado por un buen amigo, que para esos casos siempre se encontraba alguno, y no tras pocos intentos, consiguió la hazaña de resolver el galimatías que para ambos representaba el famoso nudo de la corbata, prenda esta que previamente había sustraído, junto con una chaqueta, del ropero de su padre. Lástima que la nefasta combinación de colores le otorgara más vitola de fantoche que de elegante, pero ni lo clandestino del préstamo ni la urgencia del caso dieron para más. Luego en la fiesta sólo rápidos, que para los bailes lentos la más que perfectible organización del evento no había previsto parejas para todos. A no ser una criatura poco agraciada y bastante bebida que le tocó en suerte ya avanzada la noche y que se le desmadejó entre los brazos al segundo giro, por lo que tuvo que ser escoltada al cuarto de baño por dos solícitas amigas de esas que siempre están al quite, que ni a eso tuvo derecho Cipriano. Al final, no le quedó más remedio que compartir brebajes con el otro infortunado encargado de cambiar los discos y atender las peticiones del público, de lo que sólo pudo sacar en claro una borrachera más que mediana y un insoportable dolor de cabeza al día siguiente.
Atendiendo a estos precedentes, no es de extrañar que Cipriano se sienta mejor tal y como está ahora, con más años pero con menos sinsabores. Y no porque su espíritu sea en sí mismo contentadizo, ni porque sea otro de esos casos que vienen a confirmar el famoso dicho de que quien no se consuela es porque no quiere, que de sinsabores está llena la vida, ahora tanto como antes, y de rebeldías también alberga las suyas nuestro amigo. Es sencillamente la madurez. Esa situación o estado en el que los embates del devenir, bien por repetidos, bien porque la experiencia ya se ha encargado de hacernos saber que rara vez son definitivos, nos pillan con más armas para combatirlos o con más cintura para esquivarlos, y el paso de los años nos enseña que todo tiene su tiempo y que muy pocas son las cosas y las situaciones en las que uno se juega la vida a una carta, que bien mirado, casi todo puede esperar a mañana, cuando la cabeza esté más despejada y el ánimo más dispuesto.
En resumen, que como él mismo no duda en defender, Cipriano es de la opinión de que, por mucho que diga el poeta, no siempre cualquier tiempo pasado fue mejor.
lunes, 10 de enero de 2011
Diario intermitente 10-1-2011

No veo por qué he de negarlo. Nunca he sido muy aficionado a eso de los diarios. Ni a escribirlos, ni a leerlos. A pesar de lo morboso que, al parecer, resulta tomarse el trabajo de meter la nariz en la cotidianeidad de otra persona, tan insignificante, tan extraña, tan de andar por casa como puede ser la de uno.
Y, sin embargo, aquí estoy. La culpa o la inspiración o el rayo de luz, como siempre, es de ella. Esta vez en su forma de espejo, de superficie clara y diáfana en la que consigo verme reflejado con mayor exactitud que cuando dirijo la mirada hacia mí mismo. La cosa vino a ser más o menos así: en mitad de una conversación sobre un tema cualquiera, el tema no importa, ella iba desgranando los eslabones de una cadena de inquietudes, dudas, reticencias que se iban engarzando hasta formar una visión del mundo real que, a modo de resumen, calificaba de “pesimista”. Mientras la escuchaba, mis propias angustias, mis anhelos, mis visiones fragmentarias y, las más de las veces, inconexas salían a la luz, como brotando de aguas aparentemente estancadas que sólo podían encontrar cauce a través de sus palabras. Entonces sentí la necesidad de afrontarlas, de darles algún tipo de forma que me permitiera buscarles una solución o, cuando menos, de convivir dignamente con ellas. De ahí al ejercicio que hoy comienzo no había más que un paso.
No será éste un diario al uso. No considero que mi vida cotidiana esté tan poblada de acontecimientos como para que merezca ser puesta por escrito. De ahí lo de la intermitencia. Pero sí siento la necesidad de establecer un mínimo sistema, sencillo y útil a la vez, en el que plasmar las dudas, las vacilaciones, las esperanzas y las pequeñas tragedias que el acontecer ordinario del mundo en el que habito, a veces vulgar y otras enigmático, en ocasiones amable y en otras cruel, va depositando en mí como el agua turbia al pasar por el cedazo.
La fecha de inicio también es arbitraria. Quizás hubiera sido más ortodoxo dar comienzo a lo que quiera que esto acabe siendo un primero de enero, o tal vez el día en el que empieza un nuevo año de mi vida, o incluso coincidiendo con un solsticio o un equinoccio. Pero las cosas nunca suceden de esta forma, los días señalados tan sólo lo son a posteriori y, como vino a decir alguien más sabio que yo, nada empieza por el principio sino desde algún punto intermedio. Así que la fecha rara vez tendrá importancia.
Queda por dilucidar una última cuestión: ¿por qué publicarlo?, ¿no sería mejor mantener en el anonimato este tipo de cosas como hace la mayoría de la gente? La objeción no es baladí. Yo mismo me la he planteado más de una vez antes de dar este paso y, sin llegar a certeza alguna, he acabado por hacer lo que me ha apetecido. Al fin y al cabo, eso suele ser la expresión más general de lo que se ha venido denominando con el nombre de libertad. Pero, sin menoscabo alguno de lo anterior, también me agrada pensar que este gesto es algo así como abrir una puerta. En una sociedad de habitáculos cerrados, quiero seguir creyendo en la posibilidad de que alguien, en algún lugar, en un tiempo que no tiene porqué ser justo ahora, pueda sentirse reflejado, aludido, identificado o tal vez cuestionado o interpelado por algo de lo que he escrito. ¿Y si, además, ese alguien tiene la solución, o al menos una pista, una indicación de comienzo de sendero, un algo...? En cualquiera de los casos, le ruego encarecidamente que no sienta el menor reparo en contestar, en decir lo que piensa, en poner por escrito aquello que me diría o se diría a sí mismo en una situación similar.
Tenga la seguridad de que será bien recibido.
sábado, 29 de mayo de 2010
La pestilencia
Media mañana. En el supermercado del pueblo un hombre habla en voz alta en medio de un grupo de vecinos – mujeres en su mayoría – que esperan su turno alrededor del mostrador de la carne.
- ¿Huele?, pues claro que huele. Pero eso es lo que nos da de comer. O si no, ¿qué es lo que había aquí antes de que llegara la refinería? Cucarachas y muertos de hambre, eso es lo que había. Lo que pasa es que no sabemos lo que queremos. Agradecidos, eso es lo que deberíamos estar. Con lo que vale un puesto de trabajo hoy en día. Pero no, la gente haciéndose caso de cuatro hijos de mala madre que lo único que quieren es que todo se vaya a la mierda. Y es lo que yo digo, cualquier día esta gente se harta y coge el portante y... ¿entonces qué?, entonces a ver si vienen esos que chillan tanto a repartir puestos de trabajo. A ver. Venga Carmelo, despáchame ya que tengo prisa.
El auditorio se reparte entre los que callan y los que asienten con la cabeza. Nadie contesta.
Hacia el mediodía. En la playa varios chavales miran el mar sentados sobre el poyete que separa la arena de las primeras casas del pueblo. Algunas botellas de cerveza – unas vacías, otras todavía llenas – los acompañan. El rumor de las olas acompasa la circulación de un par de canutos que pasa de mano en mano, de boca en boca.
- Oye, ¿os habéis enterado de que va a haber una parada? Me han dicho que van a necesitar gente.
- Sí, a mí me llamaron la última vez. Pero tú sabes, quince días en una contrata y luego otra vez a la calle.
- Bueno, quince días son quinces días. ¿Adónde hay que apuntarse?, ¿dónde siempre?
- Sí, yo ya tengo preparados los papeles. A ver si esta vez hay suerte y nos llaman a todos.
- Ojalá. Aunque para mí que al Chito ni por esas. Desde que el padre salió en el programa ese diciendo lo que dijo, yo creo que le han echado la cruz a toda la familia para los restos.
- Joder, es que hay gente que no aprende nunca. Con esa gente no valen tonterías. Además, si no les gusta lo que hay pues es lo que yo digo, ahuecando... Oye tú, pasa ya la birra que no es un biberón.
Risas.
Por la tarde. Adentro, en una sala grande con una larga mesa central, la comisión habitual de vecinos se haya reunida con un representante de la dirección de la refinería. En esta ocasión vienen a solicitar la contribución anual para las fiestas del pueblo. La conversación es agradable. Justo cuando se les está indicando dónde debería ir ubicada la publicidad de la entidad, una puerta se abre. La figura del señor director traspone el umbral y tras él uno de los fotógrafos de la revista oficial encargada de difundir las actividades de la empresa. Todos se levantan y hay saludos y parabienes y palmadas en la espalda. Luego, cada cual ocupa el lugar que le corresponde y, a una señal del fotógrafo, miran a la cámara y sonríen.
Las sombras de la noche se ciernen sobre la plaza del pueblo. En el bar, los hombres – aquí sí ampliamente mayoritarios – hablan entre sí o miran la gran pantalla de televisión que preside el local. Apoyado en la barra, uno de ellos se dirige a voces a otros tres o cuatro dispuestos en semicírculo, mientras con una mano sostiene un tubo de cerveza, con la otra da golpes secos sobre la superficie de madera.
- Ecologistas, unos sinvergüenzas, eso es lo que son. Seguro que si los untan bien tragan igual que los demás. Lo que pasa es que los de aquí no vamos a aprender nunca lo que hay que hacer con los que vienen de fuera a darnos lecciones. El medio ambiente, la salud..., chorradas. El trabajo, y que la gente honrada tenga para comer, eso es lo único que importa, ¿o no?. Que la gente enferma y se muere, pues como en todos sitios, ¿o también va a tener la culpa de eso la refinería?, vamos, digo yo. Además, que siempre se han ocupado bien de las viudas y los huérfanos, que hasta los metían a trabajar. ¿O no os acordáis de Paco “El Rubio”?, y eso que el menda se lo buscó. Que había que doblar un turno, ahí estaba “El Rubio”; que había que meterse a soldar donde nadie quería, ahí estaba “El Rubio”, y sin medidas de protección ni nada, hasta que pasó lo que pasó. Pero es lo que decía la empresa, si el trabajador, que es el primer interesado, no toma medidas quién las va tomar. Todavía me acuerdo del día aquel que..
La noche se agiganta. Entre las brumas grisáceas, el ciclópeo e inorgánico ser llamado La Refinería continúa realizando las funciones para las que fue diseñado. Impertérrito, repite una y otra vez los mismos procesos mecánicos y químicos, ajeno a los hombres, a sus frustraciones y a sus bajezas, ajeno a la pequeña multitud de seres insignificantes que laboran en sus intestinos, ajeno a todo lo que no sea su rum-rum ensimismado, el trasiego continuo de fluidos por sus venas metálicas, sus exudaciones de animal enfermo. Mientras tanto, la bahía que lo circunda y que preexistió durante innumerables siglos antes de su llegada, se esfuerza por renovar el milagro cotidiano con los restos de vida que aún palpitan en sus entrañas acuáticas.
domingo, 23 de mayo de 2010
Laura
Justo aquí al lado, en Lo último de Cipriano Gómez, podrá el lector encontrar la historia de Laura.Se trata, para no andarnos con rodeos, de una de esas historias que provienen del pasado, de un tiempo que puede parecernos o no mejor, pero que casi siempre cobijamos con el cariño que se prodiga a aquello que es nuestro, a cuanto consideramos que, de una manera o de otra, nos debe su existencia o, para no pecar de soberbia, no podría haber sido como fue sin nuestro concurso. Pero no pensemos mal. No es que el bueno de Cipriano se haya vuelto un nostálgico con el paso de los años (aunque siempre habrá quien esté dispuesto a afirmar que siempre lo fue). No, más bien se trata, por decirlo de alguna manera, del intento de saldar una deuda, del cumplimiento de una palabra dada, en este caso, a uno mismo. Deudas y compromisos que, por otra parte, son los más fáciles de aplazar pero que quedan ahí, agazapados, a la espera del momento apropiado para transformarse en ineludibles.
viernes, 14 de mayo de 2010
La ausencia

- Dentro de unos años, esto estará lleno de casas y de pisos..., pero eso yo ya no lo veré – dice el viejo.
El niño, que lo mira con fijeza, descubre una sombra triste en el fondo de sus ojos sabios. Quizá por eso contesta:
- No digas eso, abuelito. Lo veremos los dos, ya verás.
El viejo sonríe, aunque sólo a medias, y revuelve la pelambrera del niño con su mano de viejo.
El niño, que es un niño, se deja llevar al fin por la inercia y, como sin querer, retorna a sus juegos.
Arriba el sol, aun en medio de su viaje, brilla pero no quema. Un vientecillo leve mece la hierba alta plagada de puntos blancos y amarillos, salpicados aquí y allá por el grito rojo de la amapola. El niño corre y salta y llama a voces a su hermano en medio del milagro efímero de una primavera que estalla aupándose sobre una tierra que apenas entiende de otra cosa que no sean fríos y calores, de las heladas que la resquebrajan en invierno y del polvo calcinado que la cubre en los largos, asfixiantes veranos. Y entre el verde radiante, cegador, el gris rectilíneo de los nuevos viales recién construidos, avanzadilla del nuevo ensanche urbano, que en su afán por cuadricularlo todo, extienden sus tentáculos de cemento y hormigón como una tela de araña trazada con tiralíneas. En su avance, las obras desenterraron trincheras de la guerra – el viejo lo venía contando mientras subían la cuesta a su paso calmoso –, llenas de cascos oxidados y piezas de correajes roídas por el tiempo:
- Hasta había un obús sin explotar y tuvieron que venir desde Granada unos técnicos del ejército para desmontarlo – relataba.
Por eso el juego de esta tarde es el de la guerra. Por eso los niños se acechan y se emboscan y se disparan entre la hierba que casi los cubre.
El niño que ya no es un niño recuerda. Recuerda el placer de ser alcanzado por ráfagas de mentira, de dejarse caer hundiéndose para ver el cielo entre el frescor vegetal, sintiendo en la piel el abrazo jugoso de la hierba aplastada, el olor a la combinación de líquidos de la tierra y la lluvia, bajo el sol alto, fuerte, allí arriba. Pero irremisiblemente unido al recuerdo gozoso de la vida desbocada, está lo otro. La sombra oscura en los ojos del viejo, el repentino encogimiento del corazón, la sensación de estar recibiendo el anuncio de algo demasiado grande para que él pueda abarcarlo. Hoy, el niño que ya no es un niño lo sabe. Sabe que aquel día recibió el primer anuncio, tuvo la primera noticia de la muerte. Pero no de la muerte de ficción de las películas, de la muerte que siempre está lejos, que siempre tiene que ver con los demás pero nunca con nosotros mismos. Hoy – en realidad, desde hace tiempo – el niño que ya no lo es, sabe que el día de la hierba alta, casi tan alta como él entonces, tuvo la primera noticia de la muerte real, tal cual es. La muerte como una estrecha cornisa que nos asoma a un inmenso abismo de vacío, la muerte como un tajo que nos separa indefectiblemente de todo lo anterior, la muerte como un sumidero de presencias, de miradas, de caricias vividas ayer mismo, la muerte como un enorme, interminable océano de ausencia. Y quizá por eso, apenas dos años después, cuando el viejo, como de costumbre, cumplió con su palabra, el niño lloró. Pero no por el impacto de un golpe inesperado, sino por la amarga aceptación de lo sabido, de la muerte anunciada. Lloró como llora un niño que empieza a dejar de serlo.
Entretanto las sombras de los dos niños se alargan, la tarde se deja caer ahíta de risas y de juegos, y cuando el sol, ya vencido, va buscando reposo sobre la línea del horizonte, el viejo apaga el cigarrillo, se pone lentamente en pié y, recogiendo la sillita plegable, dice:
- Ea, vámonos que ya es la hora.
sábado, 24 de abril de 2010
Vida de Juanillo "El Niño"

Juanillo “El Niño” siempre quiso ver el mar. Lo quiso desde chico, desde que su padre, que hiciera el servicio militar en la marina por los puertos de Cartagena, le contara historias de barcos y de marineros, de calmas y de temporales y de mares embravecidos que albergaban bestias tan antiguas que superaban la memoria de los hombres.
Juanillo “El Niño” siempre vivió en su pueblo, encadenado a la tierra, único destino posible y único medio de subsistencia para su prole. Pero muchas veces, mientras comía la talega bajo la sombra de un chaparro a las horas de la calor, mientras contemplaba como el viento reseco y caliente hacia ondular los campos de espigas, pensaba en olas, en vaivenes acuáticos y en inmensidades de espuma. O con los fríos, en la época de la aceituna, cuando desde la batea traqueteante que le llevaba al tajo miraba como sin ver el relumbre frío de la escarcha, Juanillo “El Niño” se soñaba marinero a bordo de un barco que surcaba aguas cristalinas, sobre un mar en calma, rumbo a puertos de los que nunca podría conocer el nombre.
Por eso cuando los sesenta ya se le iban haciendo viejos, los setenta se le asomaban al umbral de la puerta y la soledad se le hizo grande porque la que le acompañó toda su vida yacía ya bajo la tierra y los hijos vivían una vida que él nunca pudo vivir; Juanillo “El Niño” metió dos mudas en su maleta ajada por el desuso, cogió la viajera hasta la capital y tras preguntar por la salida más próxima a una ciudad con mar, se subió al tren. Se le hizo de noche mirando con asombro, por la ventanilla del vagón, lo grande que era el mundo, hasta que las luces del compartimento y la oscuridad del exterior sólo le devolvieron su propia cara reflejada en el cristal. Entonces sacó de la maleta el bocadillo que su Anita le preparara: “No vaya usted a pasar hambre, padre”, y lo comió lentamente, absorto en la contemplación de las fotografías de trenes y estaciones que tenía frente a sí. Luego se durmió. Si soñó con mares o profundidades oceánicas no lo sabemos, en todo caso él tampoco lo recordaba cuando con las luces de la mañana despertó, la cabeza echada sobre la ventanilla y el peso del viaje sobre los párpados, pero, según supo por el revisor, muy cerca de la estación de destino.
Al saltar al andén sólo hizo dos preguntas: dónde se podía dejar la maleta y por qué parte caía el mar. Con la ligereza que le permitían sus piernas cansadas recorrió calles, recodos y callejuelas de una ciudad extraña de casas grandes con balcones y miradores acristalados; hasta desembocar, en una última revuelta, en un paseo grande, transversal, con una balaustrada erizada de farolas antiguas tras la que habitaba la nada. Con las manos apoyadas en el pretil, la boca abierta y dos redondeces saladas resbalándosele por los surcos de la cara lo vio al fin. Vio la enormidad ondulante, vio el sol rebrillar en los múltiples cristales de la superficie, vio al agua y al cielo juntarse en el horizonte, vio la espuma saltar y romperse contra los bloques de piedra, vio las blancas velas dibujadas en lontananza y vio el vuelo errático de las gaviotas peregrinas.
Entonces, Juanillo “El Niño”, que no había leído nunca un libro entero, recordó los dos únicos versos que aprendiera en su vida:
El mar. La mar.
El mar. ¡Sólo la mar!
lunes, 12 de abril de 2010
Cipriano y el amor
No es extraño en Cipriano que, de improviso, en el momento menos pensado,recuerde el día en que se enamoró. Esto no quiere decir que en su vida no haya habido otros amoríos, que otras personas no hayan ocupado un lugar en sus pensamientos durante algún tiempo. Lo que sucede es que después de aquella vez nada de lo vivido podría ser calificado en justicia como amor y nada de lo sentido puede, para Cipriano, alcanzar el rango reservado al concepto“estar enamorado”. Hasta aquí nada se sale de lo que debería ser habitual en una persona dotada de sentimientos y que, además, tiene la suerte de encontrar en su camino a otra capaz de despertárselos. Lo excepcional, en el caso de Cipriano, es que este día no siempre coincide. O dicho de otra forma, en las charlas recordatorias que mantiene con Ella ese día no es siempre el “oficial”.
Expliquémonos. Por lo general cuando el tipo de charlas al que antes nos referíamos tiene lugar, cosa que suele ocurrir con bastante frecuencia, lo normal es que el río de las remembranzas les lleve hasta las luces de un coche que alumbra una carretera que lleva a Portugal, a una ruta de pueblos sin nombre definido y bosques de encinas apenas entrevistos al trazar cada curva. También, a la conversación interminable y a una mano que se posa y a un puesto fronterizo deshabitado, como si todas las fronteras, las terrestres y las otras, se hubieran venido abajo de pronto en la misma noche. Y luego, los muros blanquecinos de una vetusta ciudad portuguesa engrandeciéndose ante el cristal o los árboles oscuros de una plaza desierta por la que ambos pasean a esa hora irreal que precede al amanecer o incluso, al sabor dulce e intenso de un “bica” acompañado con algo que debían ser tostadas y que por arte de magia, de magia portuguesa, acabó convertido en una cosa de lo más parecido a un sándwich de jamón y queso, y que, sin embargo, ambos devoraron entre risas en un bar sólo frecuentado a esas horas por operarios municipales. Y por último, el viaje de vuelta, un tránsito soñoliento a través de un paisaje que nada tenía que ver con el de la noche anterior, como si el tiempo también se rezagara intentando aplazar el insoslayable reingreso en la realidad.
Pues bien, a pesar de ello cuando Cipriano piensa a solas o cuando, en mitad de una lectura o de un trayecto en coche, empieza a conversar consigo mismo, el recuerdo es otro. Para empezar el escenario cambia, aunque también sea de noche. Ahora él está frente al mar en uno de esos miradores que abundan en los paseos marítimos de las ciudades de la costa. Ella está a su lado, al menos ella cuando todavía no era Ella o cuando sí pero todavía no. Sus cuerpos se acercan, se rozan y se apegan de una manera equívoca, envueltos en una lluvia prescindible, superflua. Enfrente el mar se encrespa y se alborota y a través del estruendo, salpicada por la espuma, ella (que aún no es Ella), está hablando y dice:
¬ En ese mar tan hermoso ellos se hunden y ahí mueren.
Cipriano sabe a qué se refiere, sabe que habla de naufragios, de sueños destrozados entre el oleaje y la noche, de pateras, de la miserable muerte de los que huyen de la miseria; y sabe que ella llora mientras habla, aunque sus lágrimas se confundan con las gotas de lluvia. Entonces, justo en ese instante, el tiempo se detiene, como si se hubiera quedado suspendido de la redondez de una lágrima o de un jirón de espuma y no hay nada más que ellos dos y el mar y la noche. Y todo queda ahí, al menos hasta que, desde un tiempo o un espacio remotos, unas voces llegan y se imponen como esos sonidos que se cuelan en nuestros sueños hasta arrancarnos dolorosamente de donde habíamos decidido quedarnos aunque sólo fuera un poco más. Voces de compañeros que los llaman, que gritan sus nombres y los hacen volver al mundo de los demás.
Luego, una confusa despedida y un camino de vuelta a una casa que ya, ahora lo sabe, no puede ser la suya. A pie, bajo una lluvia ahora sí perceptible, sintiendo el frío que se filtra a través de la gabardina completamente calada y el sabor de un cigarrillo húmedo apenas protegido por el dorso de la mano, en su cabeza retumba un solo pensamiento que es un martilleo, un pensamiento que alberga la cobardía:
“No puede ser... sólo conseguiría perderla”.
Los años, uno tras otro, han ido pasando desde aquel día y Ella sigue a su lado. De alguna manera, para Cipriano, este hecho, en apariencia tan simple, no deja de ser una sorpresa cotidiana, sobre todo cuando piensa en lo difícil que debe resultar para cualquier persona soportar sus impredecibles cambios de humor, sus ensimismamientos, sus prisas y sus pausas, esa forma desordenada de vivir dentro del orden más estricto, en fin, todo lo que Ella, con grandes dosis de piedad, llama “sus rarezas”. Por su parte, lo único que puede decir sin temor a equivocarse es que si algo tiene claro en esta vida es que, si volviera a nacer, recorrería todo el mundo, atravesaría todos los mares, traspondría todas las montañas para volver a encontrarla de noche, bajo la lluvia, frente al mar.
lunes, 5 de abril de 2010
Instrucciones para escribir un cuento malo

Para escribir un cuento, un cuento malo o un cuento vulgar, como muchos de los que andan por el mundo, usted necesita una historia. Si en estos momentos dispone de una ¡enhorabuena!, se ha ahorrado usted buena parte del trabajo. Pero como las historias no siempre están ahí, a disposición del primero que llega, y como en no pocas ocasiones aunque se tengan en la punta de la lengua se resisten a salir, lo que le recomendamos es que se busque usted un protagonista.
Seleccione usted a su protagonista con cuidado. En principio da igual que sea un hombre o una mujer – escribir cuentos tiene la ventaja de que uno siempre se puede meter en la piel del otro (o de la otra) aunque sea de forma clandestina o incluso impostora –, también puede ser algún tipo de ente extraño producto de su fructífera imaginación, aunque no se haga demasiadas ilusiones con este tipo de seres porque, por muy extravagante o alejado de la realidad que queramos imaginarlo, siempre acabará mostrando rasgos humanos y su comportamiento no excederá en mucho del que pudiera desarrollar cualquier hombre o cualquier mujer. ¿Y eso por qué?, se preguntará usted. La respuesta es sencilla y obedece a la máxima cien veces comprobada de que, al fin y a la postre, los seres humanos sólo sabemos escribir sobre nosotros mismos.
Una vez creado el protagonista – o la protagonista, quede clara nuestra intención de no minusvalorar la entidad literaria de los personajes femeninos –, lo más conveniente es verlo. Sí, contemplarlo, y darle unos toquecitos con el dedo para que se mueva y se desperece. Es tan tierno verlo así, pequeñito aún, desvalido y, al fin y al cabo hijo de nuestra propia sangre, que lo más normal es que, casi de inmediato, se le tome cariño – aunque el autor no tiene más remedio que admitir, para no faltar a la verdad, que por algunos de los suyos ha llegado a sentir verdadero odio, hasta el punto de hacerles pasar, aunque sólo fuera en contadas ocasiones, por tormentos que no hubiera deseado a enemigos más merecedores de ellos –. En cualquier caso, observar al protagonista tiene como primer beneficio que la historia empieza a acotarse. Y eso por la sencilla razón de que, por mucha imaginación que le ponga usted al asunto, hay cosas que a determinados personajes no le pueden pasar. Supongamos que usted ha elegido como protagonista de su cuento a un profesor de instituto rechoncho, calvo y ensimismado en el estudio de los clásicos grecolatinos; pues bien, a nuestro querido profesor lo podrá abandonar su mujer, harta de soportar la indiferencia de un hombre que se comporta y conduce como si se tratara de un ciudadano de una polis del Asia Menor o de la Magna Grecia; también es posible que en uno de los pasillos de la biblioteca que habitualmente visita para realizar sus investigaciones, nuestro héroe se encuentre un día cara a cara con la muerte y que ésta, ataviada con todos sus atributos clásicos, lo emplace a mantener el diálogo definitivo; o incluso, no sería muy descabellado pensar – literariamente hablando – que al insigne profesor se le apareciese en una noche de insomnio el fantasma de uno de sus venerados autores, pongamos por caso el divino Virgilio, para revelarle algún dictado esencial para su vida o para la del resto de los mortales. Todo eso puede ser. Pero difícilmente a nuestro estudioso y cincuentón amigo se le puede ocurrir convertirse en matón o guardaespaldas a sueldo de un gánster adolescente y mucho menos factible resulta que además le sea admitida tal solicitud. Simplemente esas cosas no pasan.
Aclarado este punto, todavía nos queda por realizar un último trabajo con nuestro o nuestra protagonista – no nos cansaremos nunca de insistir sobre este punto –. Es decir, una vez seleccionado y conocido nuestro personaje central, llegado es el momento de ubicarlo, o dicho de otra manera, de situarlo en un espacio y una época concreta. No creemos necesario hacer más hincapié en la importancia de esta tarea, pero sí dejar claro que no se trata de un ejercicio árido e insufrible, todo lo contrario, para nosotros y para muchos de los autores más reputados, esta etapa constituye una de las más interesantes del juego literario por cuanto, además de mejorar notablemente la calidad de la obra terminada, uno siempre aprende algo. Lo que sí nos parece merecedor de que nos extendamos un poco más en nuestra exposición, es el famoso dilema de cómo plasmar esta labor de ubicación en su obra narrativa. Tras largos años de investigación sobre el tema y tras recoger los resultados, siempre fructíferos, de los numerosos debates habidos a lo largo y ancho de la historia conocida de la literatura, hemos llegado a la conclusión de que lo más acertado, amén de lo más útil, es proceder de forma directamente proporcional a la lejanía. Esto es, pongamos que usted ha elegido para ubicar a su personaje una época lejana o una ciudad de un país igualmente lejano o ambas a la vez; en ese caso lo más sensato, y también lo más artístico, es salpicar nuestro texto con abundantes referencias a calles, lugares emblemáticos, costumbres, personajes coetáneos, acontecimientos históricos, etc. de la ciudad o época elegida, talmente como si usted estuviera harto de pasear por esos lugares, o como si por una jugarreta del continuo espacio-tiempo – tan en boga en la literatura fantástica desde los primeros tiempos de la revolución científico-técnica – usted hubiera viajado a dicha época y hubiera conocido los hechos de primera mano. Pero si, por el contrario, usted ha optado por ubicar a su héroe o heroína en un lugar y en una época conocidos o incluso cotidianos para usted, su proceder debe ser el inverso y reducir las alusiones relacionadas con el lugar y el tiempo histórico donde el tal habita a una serie de pinceladas cortas, aunque claras y significativas, evitando llenar su cuento de una pléyade de detalles que por habituales sean de sobras conocidos por el lector y totalmente contrarios, por su relación personal con usted, al consabido carácter universal que debe presidir toda obra literaria.
Pues bien, elegido nuestro protagonista y debidamente situado en su contexto vital, usted ya conoce todo lo necesario acerca de él y, por lo tanto, ha llegado la hora de escoger su historia, o mejor dicho, el conjunto de acontecimientos que acaecerán en la vida del mismo desde el momento en el que se inicia la narración hasta que ésta concluya. Como usted habrá podido comprobar, el ramillete de situaciones que de forma verosímil se le pueden ofrecer a estas alturas ya se ha reducido mucho, hecho que le facilitará no poco su elección. De todas formas permítanos un consejo: elija una de las primeras historias que se le vengan a la cabeza. Lo peor que le puede ocurrir a un narrador – sobre todo si, como es su caso, se trata de un narrador novel – es que se noten en demasía sus, por otra parte lógicas, pretensiones de originalidad. Recuerde que la mejor historia es siempre aquella que a usted o a cualquier persona corriente le llame la atención, o dicho más literariamente, le coja un pellizco en algún repliegue del alma y no necesariamente la más elaborada o la más estrambótica – dicho esto sin intención alguna por nuestra parte –.
Llegados hasta aquí, a usted no se le habrá escapado el hecho en apariencia paradójico de que, si bien hemos avanzado mucho, todavía no hemos empezado a escribir su cuento. Eso sí, usted dispone ya de un número nada desdeñable de notas, apuntes, localizaciones...pero escribir, lo que se dice escribir, usted no ha escrito ni una sola línea. No olvide que la paciencia no es el menor de los atributos que adornan a un buen escritor y que, a la postre, una dedicación perseverante es la mejor garantía de éxito. Sin embargo, hemos de comunicarle que las horas de trabajo oscuro ya han terminado y que, en consecuencia, ha llegado la hora de plasmar sobre el papel su ansiado cuento. Normalmente usted puede optar entre dos sistemas para hacerlo:
1.Contar la historia por su orden natural, o dicho de otra forma, tal y como usted la ha inventado, empezando por el principio y siguiendo su secuencia lógica hasta llegar a su natural culminación.
2.Haga usted su historia cachitos, es decir, divídala en trozos o fragmentos dotados de sentido y vaya después uniéndolos como si de las piezas de un puzle o rompecabezas se tratara. De esta forma el lector suele experimentar una agradable sensación de deslumbramiento cuando consigue formar la imagen al completo. No obstante, un autor avispado debe evitar que la fragmentación del texto sea tal que al lector se le haga demasiado difícil seguir el proceso de reconstrucción y abandone la lectura antes de llegar a su feliz término.
Por último, y para seguir fielmente los cánones del genero, debería usted planificar con especial cuidado el final de su cuento. En efecto, no hallará usted a ningún experto en la materia que no le confirme que todo cuento bueno, malo o regular precisa de un buen final, de una conclusión que haga honor y aún magnifique la historia que se quiere contar. En lo que se refiere a tan peliaguda cuestión, nuestro consejo es que vuelva a elegir entre dos posibilidades:
a)Escoja usted un final fuerte, sorprendente, acabado. Un final que cierre la narración como la línea de una circunferencia cierra a un círculo perfecto. Este tipo de finales suele contar con la ventaja de despertar la fascinación del lector y, de paso, su admiración por el ingenio demostrado por el escritor, en este caso usted.
b)La otra posibilidad es buscar lo que ha dado en llamarse un final abierto. Un final sin final. O lo que es lo mismo, una conclusión que no resuelva nada pero que sea capaz de sugerir distintas vías de resolución y/o explicación del nudo narrativo. La principal cualidad de optar por este tipo de finales es que apelan siempre a la complicidad del lector y a su participación activa, convirtiendo así al texto escrito en un acto de comunicación bidireccional. (Sobre esta cuestión tan traída y llevada en la literatura contemporánea hablaremos más por extenso en otra ocasión).
Y ahora, por fin, a escribir. Ahora es cuando usted, sentado frente a la hoja en blanco o ante el teclado de su ordenador o computadora – que los dos términos son correctos en castellano – debe ir desgranando punto por punto su cuento, o como diría un clásico, lo hará crecer desde el orto al ocaso, desde su alfa hasta su omega. Estamos pues, ni más ni menos que en el umbral del fascinante mundo de las palabras, verdaderas herramientas del escritor. Pero antes de darle algunos modestos consejos sobre el correcto uso de tan esclarecidas herramientas, permítasenos incluir unas pocas líneas sobre el abstruso y siempre resbaladizo tema del estilo. En una primera aproximación definiríamos estilo como la forma peculiar en la que cada escritor utiliza la constelación de términos contenidos en cualquier lengua y se sirve del arsenal de recursos literarios necesarios para llevar a buen puerto su labor narrativa. Así, amén de los temas tratados y de otros elementos que también configuran su universo literario, cada autor se diferenciará de otro precisamente por esa forma peculiar de utilizar la lengua en la que escribe y los recursos estilísticos que atesora. En ese sentido, no es necesario ponderar la importancia que tendría para usted como escritor el ir dotándose progresivamente de su propio estilo, de su voz personal dentro del panorama literario. Ahora bien, recuerde: progresivamente – conviene no olvidar que todas las palabras incluidas en estas instrucciones tienen su importancia y ninguna se ha colado de rondón o por la puerta de atrás –. Esta progresividad a la que aludimos tampoco es cuestión baladí, sobre todo si tenemos en cuenta que muchos escritores en ciernes se han malogrado, abandonando el bello ejercicio al que se sentían llamados, precisamente por una precoz y desmesurada obsesión por dar con un estilo propio, original, definitorio. Craso error. No encontrará usted a ningún escritor experimentado que no le confirme que el proceso de adquisición y desarrollo de un estilo personal es una de las tareas más arduas, a la vez que sosegadas y pacientes, de las que conforman este oficio. Por lo tanto usted, escritor novel, no debería preocuparse, al menos en sus principios, de un tema que, sin duda, excederá de sus posibilidades. Por lo pronto, es más sensato y productivo que centre usted sus esfuerzos y sus desvelos en intentar contar sus historias, componer sus cuentos, de una manera correcta y clara; lo demás, para usar la cita evangélica, se le dará por añadidura.
Pero como lo prometido es deuda, pasemos a hablar de las palabras: herramientas, sillares y argamasa del oficio literario. Son éstas seres curiosos, volubles y, nos atreveríamos a decir que, antojadizos. Del mismo modo se trata de criaturas quisquillosas y bastante desobedientes, lo cual usted podrá corroborar enseguida, en cuanto se percate de lo difícil que es hacerlas fluir regularmente cuando más se las necesita. Tenga usted en cuenta, que para alcanzar un buen gobierno sobre seres de esta naturaleza es necesario aunar la debida autoridad con grandes dosis de cariño. Hágales ver desde el primer momento quién ostenta en estas lides el mando y la potestad, pero a un tiempo mímelas, demuéstreles todo el amor y la consideración que ellas le merecen. Muéstrese firme en sus planteamientos pero condúzcalas con cuidado y guante de seda.
Otro consejo. Nuestras queridas palabras suelen estar dotadas de un cierto carácter gatuno y, como a tales felinos, les agrada sobremanera que se les acaricie, pero siempre a su ser natural, porque si por descuido o imposición se les pasa la mano a contrapelo tienden a ponerse nerviosas e incluso pueden llegar a revolverse contra su legítimo dueño. En consecuencia, no las fuerce, ya que como decía un reconocido narrador aún en activo, la primera obligación de un lenguaje literario es no molestar. Debe usted aspirar a que su prosa sea tersa y suave al tacto y al oído, pues cuanto más abrupta y arriscada se manifieste, más difícil será que las palabras se sientan a su gusto en ella y más posibilidades habrá de que se vuelvan adustas y levantiscas.
Considere, por otra parte, que nuestras queridas palabras gustan también de hacer sus propias amistades, por lo que no es muy recomendable separarlas o aislarlas de su propio entorno o ambiente natural, esto, lejos de ser un inconveniente – como usted mismo podrá constatar en cuento empiece a frecuentarlas – debe ser considerado incluso una ventaja, puesto que por esta tendencia si tiramos con cuidado de una de ellas, podremos observar como las que le son más próximas, aquellas que forman parte de su círculo más íntimo y familiar, brotan enseguida, a modo de racimo o guirnalda, dulcemente engarzadas a esta primera que usted seleccionó.
Y por la presente nada más. De la misma forma que un río tiene que llegar al mar, toda tarea debe llegar a su fin, por muy grata que ésta nos resulte. Por consiguiente, si usted ha seguido fielmente estas instrucciones y ponderado en lo que se merecen los consejos y recomendaciones que de ellas se desprenden, es muy probable que a estas alturas ya sea el satisfecho autor o autora de un cuento malo o vulgar.
Ahora bien, si en el ínterin usted ha sido capaz de instilar en su labor narrativa unas gotas de talento, si ha logrado escribir algo que le diga algo a alguien, si por ventura usted ha entrevisto ese rayo intangible, ha rozado esa quimera posible, ha traspasado ese umbral extraño que, a falta de otra palabra mejor, llamamos literatura; entonces es posible que usted haya escrito un buen cuento. En ese caso, lo mejor que puede hacer es disponerse a escribir otro y luego otro más, pero antes no olvide tirar estas instrucciones en el primer contenedor de reciclaje que encuentre.


