viernes, 22 de enero de 2010

El hombre sin rostro


M es concejal. Su nombre no importa. Como tampoco es relevante qué fuera antes o qué sea después del cargo, ni el nombre del pueblo o ciudad en el que lo desempeña. En realidad lo único importante, lo que de verdad cuenta, es lo que ahora es, y en eso no hay duda: M ejerce, actúa, se comporta y se siente concejal. Y lo que es más importante, para los otros, incluso para los que lo conocen desde hace tiempo, su vida anterior también se ha desdibujado en el oropel de la dignidad política hasta el punto de no poderse concebir la una sin la otra.

M es un político de firmes convicciones, un hombre con una labor que realizar: dura, sacrificada, ingrata (cualquiera que lo haya escuchado podría ratificarlo), tanto que algunas veces le resulta tan pesada que está a punto de abandonar, porque en el fondo para él no hay modelo de vida más apetecible que la del hombre sencillo, trabajador y amante de los suyos, un hombre que ve caer las tardes sentado al amor del fuego con un libro en el regazo, que ve crecer a sus hijos y comparte con ellos y con su esposa su ocios domésticos y sus aficiones de ser humano corriente. Esa es la vida que a M le gustaría llevar. Pero claro, en su caso es imposible, porque para quien tiene la voluntad de servicio como motor de sus actos, para quien pone sus mayores desvelos en el bienestar de sus conciudadanos, esos placeres simples, esa vida hogareña, le están vedados. Para él el trabajo no termina nunca, las preocupaciones son su alimento cotidiano y sus ideales lo llevan siempre a realizar esfuerzos, si no inhumanos, sí mucho más allá de lo que para cualquiera sería razonable.

Por eso M sufre. Pero no, como podría pensarse a simple vista, por los ataques de sus rivales políticos, de aquellos dispuestos a utilizar cualquier artimaña para tomar al asalto el puesto que tan duramente ha conquistado. Sufre de incomprensión, de maledicencia, de la incomprensión y la maledicencia de aquellos que más se benefician de su buen hacer y su capacidad de gestión, de aquellos que propagan la injuriosa versión de que su dios es el poder y su obsesión el lujo y el dinero. Y sufre de ingratitud y de envidia, porque, como es sabido, nadie es profeta en su tierra y a la gente parece dolerle que su vecino prospere. Si su patrimonio ha crecido desde que está en el cargo ¿acaso no es fruto de su trabajo?, que recibe regalos y agasajos ¿no ha sido en agradecimiento por sus buenas gestiones?, y si ha habido comisiones o sobres o maletines ¿quién ha corrido los riesgos, para quién han sido los sinsabores y las presiones?, y sobre todo ¿acaso otro en su lugar no hubiera hecho lo mismo? ¡Malditos hipócritas!, ellos sí que llevan en el fondo de sus mezquinos corazones el germen de la corrupción y si no, ya se sabe, el que esté libre de pecado...

Pero la característica más definitoria de M es que no tiene rostro. Al menos no rostro humano. Al mirarlo con detenimiento uno no puede evitar que un estremecimiento gélido le recorra la columna vertebral, porque allí dónde debería encontrar los rasgos propios de cualquier hombre (imperfectos pero cercanos en su imperfección, vulgares pero con la ternura de lo que nos es propio) sólo hay una máscara. Fina, costosa, conseguida, es verdad, pero máscara al fin. Una de esas prótesis de alta tecnología que parecen reales pero que sólo sirven para ocultar las facciones deformes de quien ha sufrido un terrible accidente o de quien envejece de avaricia o de quien se consume en la depravación y la vileza. La suya, la de M, es una máscara de sempiterna sonrisa, que adula con los ojos, que intenta expresar a un tiempo bondad y comprensión, seguridad y cordialidad, cercanía y prestancia; pero que, como todo lo artificial, no puede evitar la rigidez y la impostura, el doblez y la falsedad. Sin embargo, lo que hace diferente a la máscara de M de cualquier otra es que no tiene un origen externo a él ni, por lo tanto, le ha sido injertada por las hábiles manos de ningún eminente cirujano. Por el contrario, la máscara de M tiene su origen en su interior, su sustancia se ha conformado por la acción conjunta de diversos y extraños fluidos que se han ido abriendo camino a través de los poros de su piel con cada transacción, con cada engaño, con cada traición, para terminar formando esa costra delgada y pulida que ocupa ahora el lugar donde alguna vez estuvo su rostro.

De lo que no tenemos conocimiento alguno, lo que constituye el celoso secreto que sólo él podría desvelar es qué ve M cuando se levanta en medio de la noche y a la luz de un lujoso cuarto de baño se mira al espejo y se quita la máscara.

domingo, 17 de enero de 2010

Narremos


“El narrador quiere saber y por eso narra”.
Belén Gopegui. La conquista del aire.

Si hemos de ser narradores entonces... narremos. Narremos las historias que subyacen o se filtran en la Historia (con mayúsculas de oficial), contemos nuestros particulares descensos a las sentinas de nuestras vidas vulgares o de las vulgares vidas de los demás. Asumamos que el más pobre de los mortales en su estado de alienación más extremo es capaz de crear, que quizás ya a bordo del vagón que nos encarrila hacia las regiones del sueño todo hombre y toda mujer han parido alguna vez un verso, un minúsculo cuento o una sola frase que les es propia.

Narremos usando y abusando de nuestra libertad. De nuestra capacidad de decir y de contar lo que nos venga en gana, pero también de la libertad orwelliana que consiste en “el derecho de decir a los demás lo que no quieren oír”. La libertad que nos garantiza que lo que contemos podrá ser bueno o malo, compartido o no, podrá correr veloz al encuentro de quien lo lea o arrastrarse apoyándose en las muletas de nuestra impericia. Pero que en cualquier caso será completamente, irrevocablemente nuestro.

Narremos con sinceridad, sin subterfugios, con la lealtad que nos debemos a nosotros mismos. Para que, al menos en el terreno de la ficción, podamos caminar sin tendernos trampas, sin esa suerte de venda traslúcida que nos solemos colocar para andar por la vida, conscientes de que es preferible la tibieza agridulce del engaño a la contemplación descarnada de los horrores que nos rodean. No sea así entre nosotros, hagamos el esfuerzo de querer mirar, corramos el riesgo de convertirnos en estatuas de sal ante la visión de un mundo con dios pero sin hombres, repleto pero vacío. Y contemos cuanto veamos, sabedores de que nuestra mirada será única, esperanzados en que nuestra voz (débil, sesgada, inconexa si se quiere) pueda contribuir a que otras vendas caigan, a que otros ojos miren.

Narremos para saber. Porque hemos sido abandonados en territorio hostil sin brújula ni manual de instrucciones, extraños en un proyecto frustrado de paraíso. Necesitamos buscar las salidas, trazar caminos, componer lo descompuesto. Necesitamos saber. Y por eso narramos insatisfechos, a la espera, investigando nuestros deseos y nuestras acciones (y los deseos y las acciones de otros), ansiosos de ver si en ese constante entrecruzarse de historias somos capaces de hallar tierra firme, el reducido pero imprescindible espacio en el que hacer pie para catapultarnos hacia otra cosa que no sabemos lo que es pero que sí sabemos lo que no queremos que sea.

Narremos por necesidad, narremos para vivir, narremos para poder gritar, narremos como nuestra forma particular de luchar o de sufrir.

Entonces...

Érase una vez,

miércoles, 13 de enero de 2010

Las vocaciones de Cipriano



“...porque la de creerse dotado de una grandeza latente es una forma cómoda de vivir.”
Italo Svevo. La conciencia de Zeno.

Cipriano se queda de piedra al leerlo. Esta sentado plácidamente en su sillón de lectura con la manta sobre las piernas, las zapatillas de paño en los pies y el ánimo tranquilo; y allí mismo, casi al principio, en la página 20, Svevo le tira a la cara en sólo media frase una de las verdades más vergonzosas de su vida. Así que Cipriano no tiene más remedio que volver sobre sus pasos y releerla una, dos, hasta seis veces. Y la conclusión siempre es la misma: cada una de las palabras parece estarle dirigida, como si el autor de forma subrepticia las hubiera insertado en el texto con la única intención de que él, casi cien años después, las descubriera, las reconociera y se las aplicara.

Que todos los seres humanos tienen que establecer pactos con la vida es una verdad universal para Cipriano, que tengan consciencia de ello ya es harina de otro costal. Pero en su caso ya no se trata de un problema de pactos, y mucho menos de ser consciente, que ser consciente, lo que se dice consciente, no hay duda de que Cipriano lo es. En su caso se trata más bien de claudicación. Esa es la verdad y esa es la vergüenza. Porque una cosa es pactar con la vida y otra claudicar ante ella. Lo otro, lo de la grandeza latente y la cómoda vida no son más que las consecuencias de la rendición primigenia.

Pero pongamos las cosas por su orden natural. Unas de las peculiaridades de Cipriano es la de sentirse llamado a hacer cosas grandes, cuestión que da por supuesta la capacidad de distinguir la grandeza o la pequeñez de las cosas mismas (de ahí lo de la consciencia), sin embargo, esta favorable predisposición siempre se ha visto aquejada de dos grandes rémoras o dificultades tan arraigadas en su forma de ser como la predisposición misma. La primera de las rémoras radica en el hecho de que Cipriano no se siente llamado a realizar una sola cosa grande, ni siquiera a un solo tipo de ellas. Así, desde que tiene recuerdo, ilusiones juveniles aparte, se ha sentido “tocado” por las más diversas musas: desde la excelsa guardiana de la sabiduría filosófica a la más recatada y doméstica de la ética, desde la lujuriosa musa de la literatura y la creación a la más áspera y procaz de la política. Total, que durante épocas consecutivas su vida ha ido discurriendo por diversos caminos que incluyen desde el del erudito paciente y concienzudo hasta desembocar en las tribulaciones del escritor en ciernes, sin menospreciar su vena política, tanto en sus aspectos teóricos como en su vertiente más ruda de militante activo. Incluso en algún momento llegó a verse convertido en un experto, aunque tardío, ajedrecista; eso sí, y no pregunten por qué, fumador de pipa. Si tenemos en cuenta que todas estas inclinaciones se han ido sucediendo sin menoscabo de sus responsabilidades laborales o sus obligaciones domésticas, la cosa no deja de tener su mérito. Lo que sucede es que, como es bien sabido, “el que mucho abarca poco aprieta” y de tanto deambular de aquí para allá o de cosa grande en cosa grande, Cipriano no ha podido profundizar suficientemente en ninguna de ellas ni ha podido salir adelante con ninguno de sus empeños, así aprendiz de todo y maestro de nada siempre le queda el regusto amargo de quien inexorablemente deserta a mitad de camino.

El segundo impedimento tiene más que ver con la cuestión de la voluntad, o más bien con la falta de ella. Ya no es sólo un problema de indecisión, sino de desaliento. Nada más adentrarse en el entramado de cualquiera de sus vocaciones y por muy firmes que sean sus principios y propósitos, cada pequeña dificultad, cada insignificante contratiempo que se cruza en su andadura constituye un doloroso jalón que va minando su férrea voluntad de triunfo. A partir de ahí los caminos se bifurcan y los procesos pueden ser de muy variada especie, pero casi siempre acaban concluyendo en dos posibles soluciones: o bien se ha elegido un camino equivocado y es mejor volver a otra de las sendas de desarrollo personal ya exploradas con anterioridad, o bien es llegado el momento de tomarse un largo descanso para retomar la travesía con fuerzas renovadas.

La resultante de esta combinación de fuerzas es que Cipriano, si bien de vez en cuando se obstina en recuperar alguna de sus líneas de trabajo, ha acabado por hacerse a la idea de que su grandeza existe pero en estado latente y que, por ser esta su naturaleza, es muy posible que esté destinada a no materializarse en resultado práctico u obra alguna. Esta conclusión, indudablemente consoladora, tiene además la ventaja de permitirle desenvolverse por el mundo con la cabeza alta y la mirada al frente, consciente de su valía y permitiéndole contemplar al vulgo en perspectiva, con una mezcla de superioridad y resentimiento por su evidente incapacidad (la del vulgo lógicamente) para reconocer y valorar sus innegables virtudes, manifiestas o no. Esta actitud, llevada más o menos en secreto, deja un sabor agridulce en las papilas gustativas de cualquiera pero hay que reconocer que es una forma cómoda de vivir.

Eso explicaría la estupefacción de Cipriano al saberse “descubierto” por un escritor muerto mucho antes de que él naciera, ese sería el motivo por el que ha releído la frase tantas veces intentando entenderla dentro y fuera de contexto, dejando que la sorpresa diera paso a la indignación. Porque, al fin y al cabo, quién es ese tal Svevo para ir aireando las vergüenzas de nadie...

- Qué pena – murmura Cipriano mientras se dirige a la cocina para servirse el vaso de whisky de antes de acostarse.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

En tardes como esas.


Hay días en los que encontrar el pasadizo no es fácil. Las tardes se desgranan en vano sin más pena ni más gloria que la de dejarse morir lentamente. Entonces uno empieza a navegar a la deriva buscando alguna cosa útil con la que llenar el vacío que le va creciendo en la boca del estómago. Pero nada. Cada intento acaba convirtiéndose en una frustración más, hasta que el vacío es tan grande que te llega hasta la boca y se vierte a borbotones hasta formar un aura viscosa. Ahora tú eres vacío o, para ser más exactos, el vacío eres tú. Cuando eso ocurre no sirve de nada forcejear, ni intentar estirar los brazos y las piernas porque la viscosidad crece más que tú, es más fuerte que tú y se te adhiere como una segunda piel, como una placenta envejecida.

Hay temporadas, épocas enteras, en que las tardes de Cipriano son de este tenor. Se las ve venir porque las tareas más nimias empiezan a convertirse en abstrusas complejidades a prueba de la más santa paciencia y cualquier objeto, por más cotidiano que parezca, adquiere el pérfido hábito de ocultarse del ángulo de visión de su legítimo propietario para emerger, tras fatigosa búsqueda, a una distancia sospechosamente cercana de donde debía haber estado. Luego ya no hay remedio, la cosa resbala inexorablemente hacia el vacío, el estómago, la viscosidad y la placenta. Así que Cipriano acaba anclándose a un sillón con un salvavidas de vaso de whisky (sólo, dos hielos) y pipa larga a esperar que baje la marea y de pasadizo ni hablar.

Sin embargo, en los últimos tiempos Cipriano, fiel a la máxima metodológica empirista del ensayo y error, ha ido probando distintas vías de escape. La verdad es que los resultados no han sido muy alentadores (paseo no, jueguecito de ordenador tampoco, intento de localizar a amigos y conocidos menos...) y el final siempre tiene que ver con sillón y todo lo demás. Hasta que hace poco, casi por casualidad, a Cipriano le dio por abrir el procesador de textos y empezar a teclear. Así sin motivo, si por motivo entendemos tener algo que contar, pensar en un posible interlocutor o cosas por el estilo. Pero, al menos, la tarde se aligera, la viscosidad adelgaza y el vacío se encoge. Y, ¿quién sabe?, a lo mejor al final pasadizo o puente sí.

De todas formas, y en el peor de los casos, siempre le sale algo como esto.

domingo, 30 de agosto de 2009

La rabia.


¿No lo ves?, si es un resentido... Ya está, eso es que en alguna reunión hay alguien que, mandando al carajo el buen gusto y el protocolo, suelta un exabrupto contra el Estado, la religión o cualquier otra forma de ejercer la opresión que forma parte de aquello que se ha dado en llamar: el orden natural de las cosas. Y es que, ya se sabe... de resentidos está el mundo lleno. No sé si ustedes lo habrán escuchado alguna vez, yo muchas veces.

En cualquier caso, a mí siempre me da por pensar si ese orden de las cosas es tan natural como habitualmente se proclama. A lo mejor resulta que ese orden natural sólo se percibe a través de esas gafas de realidad virtual con la que la mayoría de la gente parece vivir y en las que todo se reduce a la carrera por consumir la mayor cantidad posible de bienes y servicios con la mierda de sueldo que me pagan, porque, al fin y al cabo hay que vivir y eso es lo que te llevas. Desde esa perspectiva cualquiera que tenga el valor de mirar a la realidad sin los consabidos anteojos es, indudablemente, un resentido.

Pero si fuéramos capaces de realizar el gesto heroico de atrevernos a mirar con los propios ojos, nos daríamos cuenta de que el único sentimiento digno de ser llamado humano cuando uno contempla el mundo real, no es el del resentimiento sino el de la rabia. Rabia por los niños masacrados, rabia por las mujeres y los hombres humillados y vencidos, rabia por las fortunas amasadas con sangre y sufrimiento, rabia por la complicidad de aquellos que elegimos para que nos gobiernen. Rabia, en fin, ante el cenagal de explotación, sangre, miseria y dolor humano en el que chapoteamos a la caza del coche nuevo o de la próxima versión del videojuego de moda. Entonces, es muy probable que el orden establecido de las cosas nos deje de parecer tan natural y también muy posible que, acumulando toda nuestra rabia, realicemos por fin el acto de justicia y amor que hace falta para derrocarlo y cambiarlo por otro donde, al menos, todas esas aberraciones no sean necesarias para poder vivir con dignidad.

Por eso, para mí, la rabia no es ese sentimiento odioso que de forma tan superficial etiquetamos como resentimiento. Para mí, como para Silvio, la rabia es mi vocación, y continúo luchando y escribiendo (que al fin y al cabo sólo es otra forma de combatir) para que sea también la vocación de muchas más personas, por lo menos de todos aquellos y aquellas que no se conformen con buscar un rinconcito acogedor bajo la égida de ese imperio asesino de niños.

martes, 18 de agosto de 2009

Kamchatka.2 (a vueltas con la libertad).




“La libertad, es la libertad de aquél que piensa distinto.” Rosa Luxemburg.

“Si la libertad significa algo es el derecho de decir a los demás lo que no quieren oír.” George Orwell.

Como se puede comprobar, las últimas lecturas aquí en Kamchatka siguen enredadas en el peliagudo tema de la libertad. ¿Resulta curioso, verdad?, precisamente ahora cuando todo el mundo tiene perfectamente asumido que vivimos o viven en un país libre (sí hasta los milicos hondureños, nadie se priva). Quizás por eso resulta más urgente recordar las palabras y el pensamiento de los dos resistentes que encabezan esta entrada.

Del segundo podemos rescatar hoy su afán de búsqueda de la verdad a contracorriente. Siempre desde una posición minoritaria y enfrentada no sólo a las clases dirigentes de su tiempo sino a las tendencias mayoritarias de los movimientos revolucionarios de su época fascinadas por el estalinismo. ¿Sabíais que su inmortal Rebelión en la granja pasó de editorial a editorial progresista sin publicarse porque no era políticamente correcta?

De la primera da cuenta su propia vida. Mujer, revolucionaria de una revolución traicionada por la socialdemocracia de su país (¿qué raro no?), perseguida, encarcelada... Y aún así contraria a cualquier tipo de totalitarismo, aunque éste proviniera de un proceso revolucionario tan cercano a sus propias ideas como el soviético.

Muchas vueltas ha dado el mundo desde entonces, o quizás no tantas, pero aquí en Kamchatka nos preguntamos cómo hay que enjuiciar el mundo en el que vivimos a la luz de estos ejemplos. Qué pensar de la actual ley de partidos española, o del Estado pseudofascista que campa por sus respetos en Italia, de la directiva de la vergüenza en la Unión Europea, de los centros de internamiento de extranjeros en nuestro país, del apaleamiento de estudiantes en la Cataluña del tripartito, de la violencia empresarial de los despidos masivos...

Pero además de pensar, también habría que plantearse qué hacer. Porque aquí y ahora, con urgencia, es fundamental organizarse y luchar por la libertad. Por la libertad de los que pensamos o piensan distinto, por la libertad que se basa en el derecho inalienable de decirle a los demás lo que no quieren oír.

Por lo pronto, en Kamchatka, estamos dispuestos/as a luchar y morir por ello.

jueves, 6 de agosto de 2009

Kamchatka.1


“El derecho de expresar nuestros pensamientos, tiene algún significado tan sólo si somos capaces de tener pensamientos propios.” Erich Fromm. El miedo a la libertad.

Aquí en Kamchatka andamos preocupados por ese “temilla” de la libertad. Como buenos resistentes, quizás algo clásicos, siempre creímos que el gran problema, el verdadero problema, estribaba en conseguir que la gente piense. Puesto que de resistir se trataba, lo más importante para conseguir que el número de resistentes aumentara era intentar encender la luz del pensamiento en quienes nos circundaban. Y así, pacientemente iniciamos la labor de zapa (recordad al topo de Bensaid) de derribar muros de silencio e inopia, procurando forzar a nuestros conciudadanos al sano y extraño ejercicio de razonar.

¿Cuál fue nuestro principal descubrimiento?

No fue, desde luego, que había gente que no pensaba como nosotros. Kamchatka es un territorio abierto, si hay alguna vacuna necesaria para vivir aquí es la vacuna contra el totalitarismo. Por lo tanto, no nos gusta que a nadie se le diga lo que tiene que pensar, aunque ese qué pensar sea el nuestro (creo recordar que Lenin decía algo parecido).

No, nuestro principal descubrimiento fue que la mayoría de la gente pensaba..., pero casi siempre lo mismo. Sacaras el tema que sacaras había un nutrido grupo de lugares comunes que aparecían con una recurrencia atroz. Tal país es una dictadura y su presidente un dictador aunque hayan convocado más elecciones que nadie, el problema del paro es que la gente no quiere trabajar, los inmigrantes son peligrosos y sólo causan problemas, estos (los mismos) son los buenos y aquellos (los mismos también) son los malos.

Consternados por el hallazgo, echamos mano de la biblioteca y dimos con el amigo Fromm. Antiguo él, seguidor del psicoanálisis, pasado de moda como el que más, pero interesante, muy interesante. Allí encontramos la cita que encabeza esta entrada. Además de una abundante y razonada argumentación que, partiendo de principios que no tienen porqué ser los nuestros, ahonda en la cuestión de que el problema de la mayoría de las personas no es que no piensen sino que no tienen pensamientos propios. Las causas: sociales, económicas, políticas..., es decir, las que conforman el carácter del ser humano moderno (hoy ya “repostmoderno”) de tal forma que, reducido al aislamiento y a la impotencia para crecer siendo él mismo, muchas veces no encuentra más salida que ser lo que la sociedad espera que sea, o lo que es lo mismo, pensar lo que la sociedad quiere que piense. Teniendo en cuenta que dicho análisis es, nada menos, que de los años cuarenta del pasado siglo y valorando que la presión ideológica dominante no ha hecho más que subir desde entonces, habría que preguntarse hasta que punto cada uno de nuestros pensamientos (sí, tambien de los que habitamos Kamchatka) es auténticamente nuestro. Porque si hasta se nos roba lo que conscientemente consideramos más propio (nuestros pensamientos, emociones y decisiones) entonces ¿qué nos queda?, o ¿qué queda de nuestra querida y democráticamente consagrada libertad?

Nosotros, los de Kamchatka, ya andamos indagando dentro de nosotros mismos porque queremos ser más libres. Para los que seguís ahí afuera, una recomendación: cuando vayáis a emitir una opinión, así a bote pronto, pensad primero si verdaderamente es vuestra.